SUGESTIÓN. Jorge Ávila.
—¿Llegó
usted a verlo?
—Lo vi.
—Llegó
usted a verlo entonces.
—No
sabría asegurarlo.
—¿Qué
oyó exactamente?
—La
escoba, la escoba sin nadie.
—¿Oyó
usted la escoba y nada más?
—Un
ruido como de escoba.
—¿La
vio usted, la escoba?
—No la
vi, sólo la oí.
—¿Entonces
cómo sabía que no había nadie?
—Porque
sólo estaba yo y solo me sentía.
—¿Qué
hora era?
—Indeterminada,
en la tarde. ¿Es importante eso?
—No. No
lo es. ¿Qué hizo usted con sus lágrimas de alcohol?
—Las
estrangulé con dura geometría.
—¿Y dio
resultado?
—A
duras penas.
—¿Dónde
hizo usted todo eso?
—En un
rincón de mi vida. Los árboles eran de oscuro recorrido, anchurosos en su nido
de existencia.
—Y
sigue usted sin estar convencido de que viese al lobo...
—Ni a
la bruja, ya se lo he dicho.
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