COSQUILLAS. Jorge Ávila.
El fuerte de su derecha reía expansivamente. El que le quedaba detrás, esquinado tras el trípode de la videocámara, reía incalificablemente. Ajustándose la muñequera, el de la capucha, que no habló nada, reía sonoramente. Luego él, tras el vaso oscuro y mal sentado al dar la orden, rió insípidamente. Con la mordaza ya tensada, yo también reía, consecuentemente.
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