lunes, 1 de diciembre de 2014

CONTINUACIÓN LIBRE DEL RELATO " TRISTÁN GARCÍA" DEL ESCRITOR ÁLVARO CUNQUEIRO

 Jorge Ávila. (Conversaciones antes del despertador)

ANTEDEDENTES. El relato original de Cunqueiro cuenta la historia de un tipo llamado Tristán García, que tras conocer la historia de la novela romántica "Tristán e Isolda" se ilusiona con encontral a su Isolda idílica. En la desesperada búsqueda, su sargento, llamado Recuero, le comunica que sabe de una mujer llamada Isolda que regenta una churrería en un pueblo cercano, y Tristán parte en su busca. Al llegar dá con ella, pero Isolda es una anciana. Tristán le explica lo que venía buscando, y cómo no estaba allí, se marcha. La vieja le acompaña a la estación por deferencia.

CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE TRISTÁN GARCÍA. 

Por no conseguir igualar el texto su voz original, se aparta a Tristán de la impersonal sala donde transcurre la escena, así como de sitio alguno.

—No se culpe, Isolda, las pistolas no entienden de motivos precisos cuando quien remite el disparo es a la vez su destinatario —dijo delicadamente Recuero, el sargento. Luego tendió un pañuelo a la vieja churrera para que empapase de sus mejillas el aceite más amargo y continuó:
—Entiendo que es fácil para usted atribuirse el peso de la desgracia por haber sucedido el mismo día de visitarla. De algún modo, ese joven la hizo partícipe de su ideal frustrado, pero créame, cornada de mayor trayectoria debía guardar el corazón de Tristán para ejecutar tamaña respuesta. Incluso me atrevería a conjeturar que su carácter lábil no le ayudaba a afrontar el rigor del ejército ni la jerarquía de la vida. —Bajo sus palabras, una moneda se dejaba entremeter en los dedos del sargento—. Sin ir más lejos, prosiguió, yo le podría contar algún amor frustrado y no por ello di carpetazo a mi coraje. ¿A quién no le han roto alguna vez el corazón? Recuerdo mi primer desengaño, dijo, volvía descompuesto en tren, como seguramente lo hiciera Tristán la tarde del suicidio, y al principio del paisaje sólo veía pueblos sórdidos apretados por los valles, pero durante el trayecto la sensatez y el orgullo se impusieron en mí, el monte fue otra vez monte y la casa, casa, como siempre ha sido y debe ser. Con esto le digo que hay que vigilar de cerca el movimiento insidioso de la entelequia, no convertirse en un pusilánime idealista. Pero sobretodo lo que nunca, nunca debe hacerse, es buscar culpables donde no los hay, y menos en una figura de autoridad, eso bien me lo enseñó mi padre y ya se lo podía haber enseñado alguien a Tristán para que no hubiese llegado aquí de esa guisa. —Recuero hablaba cada vez más agitado—. ¿Qué hubiera pasado si mi padre, en sus días de vanagloriado coronel, hubiera tenido que soportar mis frustraciones, aguantar la insolencia de verse vituperado por venir yo de tal o cual sitio sin frutos? Jamás se me habría ocurrido hacerlo, pero de haberle reprochado algo, desde luego que me lo habría hecho pagar—. Recuero frenó apretando brevemente los párpados, dos ranuras brillantes le endurecieron el rostro y en ese momento Isolda tuvo miedo; vio el cadáver de Tristán abatido en las pupilas del sargento, en sus dedos un gatillo en vez de la moneda. Antes de marcharse, ya de espaldas y sin dar gracias por el pañuelo, escuchó: —Así que ya sabe, por su salud, no ande buscando más culpas, señora.

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